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miércoles, 12 de junio de 2013

Victoria

Estoy aquí, sentada, con la ventana detrás, y sólo puedo sentir una sola cosa: no he sentido ninguna victoria.

Debería alegrarme por un sinfín de cosas. Debería ser feliz. Estás viva, mírate, dicen los católicos. Pero no. No hay un sólo trofeo.

El viento ruge detrás de mí, sacude mi árbol y mi palmera, hacen un ruido sordo, un ruido mudo, un ruido de esos que describe la gente como silencio. El silencio que es la lengua de la naturaleza. Gritan y hacen eco en mi caja torácica. No hay victorias para mí.

No hay comida que llene el hueco. No hay libro que llene la esperanza. No hay amigo que finja palabras. No hay siquiera una adicción a la cual atenerse. Trofeo para BobEsponja, no para allizzia. No hay victorias para mí.

Siento mi inflexión de vida irónica. No hay nada en ella para mí mas que una gran broma. No hay presente valioso, no hay futuro sostenible y el pasado... es tan sólo un vagaje más. Ningún punto para mí.

Se ha terminado la primavera. Viene la misericordiosa lluvia. Pero ni ello cuenta como una victoria, no hay gloria para mí. Not even close, not a little bit, not even at all. 


But that's okay. I deserve this all.

lunes, 13 de junio de 2011

Incertidumbre

A veces se siente como cuando caminas en la arena. Te quitas los zapatos, las sandalias, porque no puede caminar bien, con naturalidad; como si pertenecieras allí completamente desnudo y natural. Pero hace frío. Corre el viento y hace frío y de repente extrañas no traer pantalones largos. Pero se te sacude al cabello en el aire y te lo llena de pequeños -pequeñitos- granos de arena. El sol se ha escondido, y sabes que está allí porque irradia esa luz blanca que te hace pensar en ese lugar cerrado que te va a dar todo menos libertad y amor, y te sientes atrapado bajo un cielo único e infinito y te desesperas con el peso que te cae en los hombros y miras al suelo con el nudo en la garganta. Buscas conchas únicas en la arena.


Te desvives corriendo por la costa, porque DEBES encontrar esa concha. Y te da sed y te da hambre. Y comes y bebes. Y miras todas las plantas que te rodean, y tratas de no pisar al pobre cangrejo que es feliz feliz. 
Respiras hondo para que se te olvide el llanto, la tristeza, las cosas diferentes, lo que debes hacer, lo que quieres... Respiras hondo y cierras los ojos y levantas la frente al cielo y das vueltas y vueltas con los brazos abiertos porque, no sé, quizá, la arena se vuelva cielo y te caigas al infinito que parece llamarte con todas sus voces mudas. Pero no vuelas y no hay cielo y las voces siguen sin callarse, mudas.


Ecos en tu corazón. En el alma.


Y al final de todo, la costa, ese pedazo de vida bella y de vida que parece eterna... Te despide, y te pide que regreses. "Te amo" te dice, pero te devorará en el momento perfecto. Eres suya, te reclama. Eres suya.

lunes, 3 de enero de 2011

Ya lo olvidé.

Ya no recuerdo si iba a quejarme, si les iba a contar algo, si nada más iba a hacer un update, ya no recuerdo.


Venía a escribirles, y de repente, se me esfumó todo.


De repente, sentí nostalgia.


Y quise cambiar mi vida.


Como de esas veces que estás sentada, bajo el sol, y miras a los demás; y de repente, te das cuenta de que los demás son mucho más felices y sencillos que tú.


Y decides que quieres ser ellos.


Y sonríes, intentando unírteles pero no puedes.


Por designios divinos, estás condenada a permanecer donde estás. Tu asiento te absorbe.


Una voz -desde adentro o desde afuera, no lo sé- te manda decir que tu felicidad no será como la de ellos: tu estás destinada a mirarlos, a envidiarlos; y, si puedes, detenerles un momento e intentar robarles un trozo de su alegría.


¿Saben lo difícil que es eso? Intentas ser feliz, y lo único que logras en robar almas. Nostalgias. Recuerdos. 










Viendo: Guerra y Paz - La serie
Escuchando: Love song - 311
Leyendo: La noche que murió Freud - David Martín

domingo, 21 de noviembre de 2010

La peor noche que más miedo.


Como tengo que hacer tarea, y estoy escuchando historias de fantasmas... les voy a contar una de las noches que más miedo me han dado (la otra, ya se las conté).



Tenía muy poca edad, hace unos 10 años, yo creo. Era joven pero ya no era crédula.


Solía pasar algunas vacaciones en un rancho en el norte del país, donde abundan los sombreros y las historias de Villa. 


Esas vacaciones, cuando llegamos, el clima estaba de rezongón. El viento no estaba helado, apenas frío, pero soplaba como si le debiésemos la vida y algo más. Soplaba tan fuerte, que sentía que mi peso no lo soportaría y me llevaría con él. Soplaba tan fuerte, que cuando empezábamos a jugar a La Casita (tradición entre las primas grandes y chicas), el viento y sus hijos los remolinos nos robaban los centros de mesa con florecitas que estaban en la mesa, y la mesa misma también. Hacía tanto viento, que prefería mirar como robaba cada una de las hojas de los árboles y se las llevaba envueltas en la tierra y el polvo. Miraba por las ventanas de los cuartos, por las ventanas de la cocina y por alguna de las tres puertas que tenía la casa (construída al estilo menonita, seguro mi abuela era menona y nunca nos lo dijo). 


El rancho siempre se me hizo un lugar café, porque más que plantas, había mucho polvo y mucha tierra y los árboles (nogales) casi siempre estaban secos o llenos de tierra; las casas eran de adobe o de block gris. Y a mi, todo se me hacía café. Café polvo. 


Prefería estar dentro porque, después del fiasco de la casita, me di cuenta de que detesto que el polvo me caiga en los ojitos (ja, ojotes). 


Sin embargo, nada se comparaba con subirse al caballo. Era muy pequeña, así que necesitaba ayuda para subir y para bajar, y no debía montar sola (aunque varias veces lo hice, aunque mi padre tuviese que guiarme el caballo, porque siempre fui pequeña y tenían miedo de que cayera). Mi prima subió conmigo, detrás. Y el viento también me quitó eso, porque el viento, ese exacto día, sopló más fuerte que nunca y los árboles gritaron. Los árboles, sintiéndose desgarrados sin sus hojas, lloraban y gritaban al viento que les regresara lo que era suyo. Eran lamentos de la naturaleza, y me rompían el alma.


Y también el alma del caballo, quien, asustado, huyó despavoridamente a la nada, pues no se puede huir de la agonía (mucho menos de la de alguien más). Sin embargo, mi prima, detrás, casi cae. Así que demandé que me bajaran de ahí (porque era difícil bajar sola, ya que siempre fui pequeña) y huí a la casa de mi abuela (que ahora pertenece a nadie). 


Pasé el resto de la tarde mirando la soledad. No tienen idea de la soledad de ese lugar.
El viento me alborotaba el cabello, como queriéndo quitármelo también. Soledad. 


Sin embargo, la noche fue lo peor.
Las noches en ese lugar, no son oscuras. Son una negrura tan blanca, que no puedes ver ni tus propios dedos. Se convierte en un hoyo negro. Se convierte en una nada.
Y fue cuando el el viento se peleó con todos nosotros. Gritó con los árboles, con la tierra, con las paredes y con el techo. Creo que quería arracarnos la cabeza. Quería sangre y venganza. Y las ramas de los árboles nos rogaban a través de las ventanas que nos dejasen entrar. Nos rogaban con sus ramas cubiertas de sangre, porque no querían morir. No querían que el viento los matase. Y yo no podía dormir. ¿Quién iba a dormir con semejantes batallas allá afuera? ¿Quién iba a dormir escuchando esta agonía?


No hay peor agonía que la de la naturaleza. Rasga el corazón desde adentro.


Yo imaginaba a mi abuela despierta, pensándo en como ayudar al viento y a los árboles, y terminar esta guerra con su infinita sabiduría que se guardó para si misma y nadie más.


La siguiente mañana, todos despertaron como si nada. Yo estaba muy triste, pero nadie parecía reparar la guerra de la noche anterior. Creí que fue una guerra secreta y que nadie debía hablar sobre ella.


Pero los tiempos me fueron muy tristes.


El viento ya no soplaba tanto, y el frío comenzó a llegar. Ya no tenía miedo de que una vibora (de viento) nos llevase con todo y casa. 


Así que me callé. Pero jamás lo olvidé. Quizá... quizá el viento logró obtener lo que quiso.
Pero yo le sigo teniendo miedo.