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domingo, 18 de marzo de 2012

The bloodstaine on the sheet read: "Free"

Una vez que fue despedido de su trabajo y divorciado de su esposa no tuvo nada más a lo que centrar su vida. No había amigos, vecinos, familiares o incluso un espejo que le dijera nada de sí mismo.


El hombre decidió entonces que no había nadie en donde vivía, que no había nadie dentro ni fuera de él. Se despojó de todo lo que le pesaba y salió a dar una vuelta en un mundo totalmente nuevo que solo había cambiado para él.


No fueron los gritos de los vecinos sorprendidos tratando de proteger a sus hijos, no fueron las alarmas de los policías y las órdenes hacia él, no fue nada lo que le despertó de su felicidad mientras lo arrestaban y lo llevaban hacia el cuestionamiento de por qué caminaba desnudo por la ciudad.


En la sala se subía a las mesas y hacía con los brazos que volaba, totalmente ajeno a que el mundo le estaba viendo y escuchando todos sus comentarios acerca de la belleza del mundo que apenas ahora comenzaba a ver.





miércoles, 14 de diciembre de 2011

Pants on fire

Alguna vez fui la mejor mentirosa del mundo.

Las demás personas solían buscarme para escuchar mis mentiras. Para verme fingir. Yo les decía todo lo que querían escuchar. Yo les mentía en sus caras, y ellos lo sabían. Supe hacer una vida de ello. De mentir, de fingir, de ser una completa farsante. Era perfecto. Había nacido con ello. Era mi don. Mi secreto. 

La gente me amaba siendo su libro cerrado. Su biblia. La película que nunca ven y no planean ver algún día. Les encantaba ver una caja con una sonrisa, y un par de ojos negros que les gritaba esperanza. Estoy segura de que sabían que todo era una mentira. Preciosas falsedades mías. 

Hay personas que nunca comprenden la joya que puede ser una mentira.

Y todo se volvió tierra y polvo. No, sal. Sal donde nada sirve. Nada crece. Donde todo muere.

Y así, vomité verdades. Bañé a todos de franqueza, terrible franqueza que golpeaba como balas de plomo. Que más que matar rápidamente, envenenaba lentamente. 

Todos ellos se arrastraron a morir en otro lado, uno muy lejano. Lejos de mí. Olvidáronse de mí. 

No he podido dejar de esconderme desde entonces. Algo sucedió y arruinó mi vida. No puedo lograr el silencio. No puedo porque siempre he de decir la verdad. Una verdad de lágrimas, de sufrimiento, de pena, de culpabilidad y de muerte. Es nuestra verdad, y no la puedo sacar de mi lengua y labios. Debo esconderme para no repartir la soledad y el dolor. Porque no he olvidado la felicidad que algún día repartí. Y la justicia que aún reina dentro de mí no funciona así.

Quiero poder fingir de nuevo.
Quiero volver a ser lo que fui.

miércoles, 13 de julio de 2011

Felicidad.

Recientemente, mi madre encontró una fotografía de mi cuando bebé.


Estoy en los brazos de mi madre, y tengo una gran sonrisa en la cara.


Claramente, estaba feliz. 


Mi madre me la enseñó y lo primero que pensé fue:


"¿Qué habrá sido eso que me hizo tan feliz?"


Me quedé mirando la foto por varios minutos.


Desde entonces, en mi cabeza ha rondado la idea de que si vuelvo a encontrar eso que me hizo tan feliz en aquel momento, entonces encontraré la felicidad verdadera. 


Días y noches me convenzo de que solo encontrar y revivir ese momento valdrá para sonreír toda mi vida: sonreír como un bebé. 


Lo pienso y lo pienso y por más que le doy vueltas no puedo olvidarlo: ahora estoy segura de que necesito salvar esa parte de algún momento de mi pasado, indispensable para que algún día pueda alcanzar la felicidad. 




Y ahora, ¿qué hago? ¿emprendo una búsqueda histórica de hace más de 17 años? 


Así que mejor me guardo mis cavilaciones y les cuento que en resumen, mi cerebro cree que nunca será feliz.


Pero creo que eso yo lo sabía desde hace 5 años.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Into a bolt of blue.

Todos piensan demasiadas cosas.
Todos tenemos el momento en que demasiadas cosas pasan por la cabeza. 
(Aunque a veces creo que me leen la mente, sé que es el lugar más seguro)
Y, al menos a mi, de tantas cosas que tengo dentro la cabeza, pasa que cada cosa me recuerda a otra, y esa a otra y esa a otra... Demasiado.


Pero tengo una solución. Oh, sí, y hasta la patentaré. Se originó del gran Sherlock Holmes, de S.A.C.D.


Él dijo a Watson que haría lo posible por olvidar cierto dato, pues no  le servía para nada.


Desgraciadamente, yo tengo muchas cosas valiosas, así que haré esto:


Primero, compraré unas 8 libretas. Baratas.
Luego, escribiré todo lo importante que tengo en la cabeza allí. Desde que nací, como ese recuerdo de barandales y vestidos blancos con lunares azules. Todo.


Después, guardaré esas libretas y tendré un accidente. Será tan fuerte el accidente (en el que espero no morir, porque me amo demasiado), que mi cabeza olvidará todo. TODO. 


Poof, cuenta nueva. Una mente para guardar solo lo que me importa y lo demás que quiero saber.


Así que hago una invitación a todos los que me caen bien, les doy el permiso de darme en la cabeza con un bat (una sola vez... avorazados). 
Prefiero que no me avisen, la sorpresa es... decente. O mínimo griten algo genial antes de hacerlo.


Pero esperen a mi señal... aún no comienzo con mis memorias.


Gracias por la atención.


Atte. La adolorida Alice.












PD. Feliz cumpleaños, Dark Angel.


PD2. Necesito audífonos antes de perder la cabeza. Literalmente.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La peor noche que más miedo.


Como tengo que hacer tarea, y estoy escuchando historias de fantasmas... les voy a contar una de las noches que más miedo me han dado (la otra, ya se las conté).



Tenía muy poca edad, hace unos 10 años, yo creo. Era joven pero ya no era crédula.


Solía pasar algunas vacaciones en un rancho en el norte del país, donde abundan los sombreros y las historias de Villa. 


Esas vacaciones, cuando llegamos, el clima estaba de rezongón. El viento no estaba helado, apenas frío, pero soplaba como si le debiésemos la vida y algo más. Soplaba tan fuerte, que sentía que mi peso no lo soportaría y me llevaría con él. Soplaba tan fuerte, que cuando empezábamos a jugar a La Casita (tradición entre las primas grandes y chicas), el viento y sus hijos los remolinos nos robaban los centros de mesa con florecitas que estaban en la mesa, y la mesa misma también. Hacía tanto viento, que prefería mirar como robaba cada una de las hojas de los árboles y se las llevaba envueltas en la tierra y el polvo. Miraba por las ventanas de los cuartos, por las ventanas de la cocina y por alguna de las tres puertas que tenía la casa (construída al estilo menonita, seguro mi abuela era menona y nunca nos lo dijo). 


El rancho siempre se me hizo un lugar café, porque más que plantas, había mucho polvo y mucha tierra y los árboles (nogales) casi siempre estaban secos o llenos de tierra; las casas eran de adobe o de block gris. Y a mi, todo se me hacía café. Café polvo. 


Prefería estar dentro porque, después del fiasco de la casita, me di cuenta de que detesto que el polvo me caiga en los ojitos (ja, ojotes). 


Sin embargo, nada se comparaba con subirse al caballo. Era muy pequeña, así que necesitaba ayuda para subir y para bajar, y no debía montar sola (aunque varias veces lo hice, aunque mi padre tuviese que guiarme el caballo, porque siempre fui pequeña y tenían miedo de que cayera). Mi prima subió conmigo, detrás. Y el viento también me quitó eso, porque el viento, ese exacto día, sopló más fuerte que nunca y los árboles gritaron. Los árboles, sintiéndose desgarrados sin sus hojas, lloraban y gritaban al viento que les regresara lo que era suyo. Eran lamentos de la naturaleza, y me rompían el alma.


Y también el alma del caballo, quien, asustado, huyó despavoridamente a la nada, pues no se puede huir de la agonía (mucho menos de la de alguien más). Sin embargo, mi prima, detrás, casi cae. Así que demandé que me bajaran de ahí (porque era difícil bajar sola, ya que siempre fui pequeña) y huí a la casa de mi abuela (que ahora pertenece a nadie). 


Pasé el resto de la tarde mirando la soledad. No tienen idea de la soledad de ese lugar.
El viento me alborotaba el cabello, como queriéndo quitármelo también. Soledad. 


Sin embargo, la noche fue lo peor.
Las noches en ese lugar, no son oscuras. Son una negrura tan blanca, que no puedes ver ni tus propios dedos. Se convierte en un hoyo negro. Se convierte en una nada.
Y fue cuando el el viento se peleó con todos nosotros. Gritó con los árboles, con la tierra, con las paredes y con el techo. Creo que quería arracarnos la cabeza. Quería sangre y venganza. Y las ramas de los árboles nos rogaban a través de las ventanas que nos dejasen entrar. Nos rogaban con sus ramas cubiertas de sangre, porque no querían morir. No querían que el viento los matase. Y yo no podía dormir. ¿Quién iba a dormir con semejantes batallas allá afuera? ¿Quién iba a dormir escuchando esta agonía?


No hay peor agonía que la de la naturaleza. Rasga el corazón desde adentro.


Yo imaginaba a mi abuela despierta, pensándo en como ayudar al viento y a los árboles, y terminar esta guerra con su infinita sabiduría que se guardó para si misma y nadie más.


La siguiente mañana, todos despertaron como si nada. Yo estaba muy triste, pero nadie parecía reparar la guerra de la noche anterior. Creí que fue una guerra secreta y que nadie debía hablar sobre ella.


Pero los tiempos me fueron muy tristes.


El viento ya no soplaba tanto, y el frío comenzó a llegar. Ya no tenía miedo de que una vibora (de viento) nos llevase con todo y casa. 


Así que me callé. Pero jamás lo olvidé. Quizá... quizá el viento logró obtener lo que quiso.
Pero yo le sigo teniendo miedo.





domingo, 17 de octubre de 2010

Quiero pensar.

Bueno, más bien, tengo la certeza de que soy normal. 


Ya me harté de que todos me digan que soy rara, que tengo cara de loca, y de que a veces doy miedo.
Tienen razones perfectas para decirlo, pero igual me molesta un poco. Aún más cuando comienzan a atacarme con repetidos comentarios acerca de ello.


Sin embargo, quiero pensar que mis reacciones tienden a ser totalmente normales:


Aquella vez que me puse toda emo, y tuve una crisis existencial que duró un par de meses (y que valió para: a) reabrir mi metro, b) conseguir una libreta-diario-no-diaria y consecuentemente c) abrir este blog), estoy segura de que fue por una razón de ñoña adolescente normal, y no porque me guste hablar sola (aunque ya no hablo sola). Mis razones principales sí son medio raras, pero estoy casi segura de que muy adentro, mis razones son normales.


Cuando tengo pensamientos nada apropiados en los momentos más inesperados (como escuchando al señor cura padre dar un consejo, o en una plática con un niño cuya edad es... desconocida), sé que todos los tenemos. Inténtenlo negar.


Cuando estoy segura de que los niños ven cosas que nadie más ve. Yo sé que ustedes también lo imaginan.


Cuando imagino una genial historia. Bueno, en esa, me doy el beneficio de la duda.


Cuando me dan ganas de matar. Ok, podemos hacer como que yo no escribí eso.


Cuando digo referencias que de vez en cuando me son contraproducentes, que nadie entiende o que me contradicen. 


Cuando tengo flashbacks, y los explico en menos de UN minuto, mirando al infinito.


Cuando explico por qué no se debe hacer cierta cosa, aunque sea algo mínimo, en una serie de hechos que termina con la muerte trágica de un ser querido o de sí mismo. Uhm... también les doy el beneficio de la duda allí.


Cuando situaciones completamente normales (para los demás), me parecen totalmente nuevas y me ponen en difíciles aprietos. Y yo sé que los que me conocen, saben de qué carajos hablo.








A veces pienso que tengo asperger o soy como Sheldon. 
Pero no es mi culpa ser como soy... 
Es culpa de mi padre, por comprarme Mafalda a la edad de 7 años, y por dejarme leer libros de Rius y de García Márquez a los 8. 




Sin embargo, quiero pensar, (y tengo casi una certeza) de que soy completamente normal. O normal, en lo que cabe.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Piensen en las posibilidades...

¿Cuáles posibilidades?
Pues todo este post es una explicación sobre mi falta de escritura en el blog (ah, y en twitter).

Verán, todo inició desde el principio de este semestre escolar. Quizá ustedes no lo sepan, pero estoy en mi último año de preparatoria... En un año dejaré de ser preparatoriana, para ser universitaria... Chales, una se vuelve ruca con cada año que pasa. En fin, eso no les importa. Lo que quería decir es que, durante las vacaciones, una se deprime, todo eso de dejar a su salón y mamadas adolescentes (entre otras cosas). Por eso en las vacaciones masacré al post con entradas casi todos los días. Andaba depre.

Resulta que mi nuevo salón no me hizo extrañar tanto al antiguo salón (aunque sí otras cosas...) y resultó que todo está muy chido buena onda. Que me pase el tiempo pasando de estados de ánimo extremos, pues es algo normal, lo que pasa es que el año pasado no me pasaba tanto. Supérenlo, en un momento voy a gritar enfurecida, al otro me voy a reír, me voy a quedar viendo al vacío y luego me voy a poner triste como perro regañado y voy a ir a hablar con algunas personas como si buscase terapia emocional. Así es allizzia, no estén fregando.

Entre otras cosas, mi madre, en su afán de correrme de casa (y de la pantalla del computador), corrió a inscribirme a una escuela de idiomas. Sin embargo, en algún momento de mi locura, se me ocurrió gritar y patalear y decir que iba a estudiar alemán.
Aún no comprendo por qué me pareció divertido y curiosito estudiar alemán. Creo que mis palabras exactas fueron "Podré imitar a Hitler y a Freud." Sí. Eso debió convencerme.
A nadie se le ocurrió decirme que el alemán es sumamente difícil, y nadie tuvo la amabilidad de recordarme de que no es una lengua romance (por lo tanto, I so do not fucking care). Así que también ando algo entretenida en andar estudiando alemán. Ahora sé que en verdad estoy loca. Cuando me di cuenta que esto es para genios, algunos yos internos se pusieron a pelear (Moe a burlarse, para ser exactos) y resulta que yo misma me puse mi propio reto a que SÍ puedo aprender alemán. Es como una apuesta con mi cerebro.

Y pues, también existen mis proyectos personales. Por ejemplo, este mediodía, hicimos un cortometraje. Kabancito querido lo editará (porque eh... bueno... tuvimos una organización del puro carajo... no sirvo para directora) y quizá se los ponga por acá después. Salgo de extra =D Sino me cortan, claro. Tampoco faltan los albures mexicanos.
También tengo mis historias que escribir. Ya ni he tenido tiempo. Siguen ahí, sin avanzar. Para que se den una idea, ni siquiera he podido leer. Aparte de que he perdido varios libros. Tengo un libro que leer para la escuela, y tengo que estudiar varias cosas también. Y hay algunos otros proyectos, pero esos se quedarán sin mencionar.

Por si fuese poco, a un maestro se le ocurrió que sería una gran idea crear un blog. So, ahora tengo dos blogs (bueno tres, pero el tercero aún no lo he pelado... está en stand by). Como era tarea, las entradas iban en aquel blogs. Y pues me sequé el cerebro, así machín. Así que, hay algunas entradas en aquel blog, si ustedes gustan pasar y así, pues pásenle a lo barrido muchachos. Está lindo.

Sin embargo, ahora, a otra maestra se le ocurrió bonito copiar la idea del blogs. Cuatro blogs me volverían loca. Así que este blog, pasará a convertirse en el blog de la escuela también.

Así que, después de todo lo que les dije, de que este blog fue creado porque una quería explayarse en la escribitura y pa' desahogarse una pues. Y ahora hasta me va a servir pa' las clases. ¿Alguna vez pensaron en las posibilidades? Uno jamás habría pensado que hacer un blog podría ser tan útil en un futuro. Quizá tenga que agregar unas cosas, pero les pondré un asterisco para que sepan que no importan realmente.

La verdad es que se me fue el pedo, pero este blog ya cumplió un año. I mean, lo comencé hace un año. Un año en el que sucedieron tantísimas cosas. Un año muchachos... ya un año...

Para dejar de decir lo mismo una y otra vez, me disculpo por no postear cosas más interesantes, me disculpo por abandonar a tantos ratos este blog.

Pero no les prometo nada, luego mi Moe interno se burla de mi diciendo que no voy a hacer nada y que pa'qué me hago pendeja. Moe siempre tiene la estúpida razón.

Ya verán, que serán recompensados, muchachos. Dios les dará muchos hijos|.

Y bueno, ya escribí mucho y al final, yo creo que ni ganas les van a dar de leer todo este quejimbre. Me agrada inventarme palabras.


PD. ¡Yay!  ¡Cortometraje!

domingo, 15 de agosto de 2010

Llena eres de gracia.

Querida juguetona:

Me debes la renta. Te has estado escondiendo demasiados días. Ya sé que estás cansada, así que posiblemente has estado durmiendo encerrada en tu cuarto de paredes acolchonadas. Un par de visitas nada más, que le has cobrado a la sala de Gesell. Y te quedaste dormida sobre la mesa.

Esta carta es para llamarte la atención: ¡Despierta!

Necesito que termines un par de cuentos. Eres la parte activa de allizzia, así que también te has llevado un trozo de su cerebro a tus sueños.

También debo recordarte que contigo te llevas a la parte que lee. No he podido leer. Es tu culpa.

Sí, ya sé que allizzia no ha podido dormir, no es su culpa. El café comienza a hacer estragos en el estómago (la colonia del sur) y necesitas reconstruir sus casas. Perdón por el dolor de cabeza, se irá cuando regrese a beber cafeína.

Te hace falta recordar más cosas, y te encargo terminar la tarea. Antes de que te lleves el resto del cerebro a la cama.

Moe te ofrecerá tragos gratis. (Acaba de gritar "Sí, claro", pero el tono sarcástico fue tu imaginación).


Me despido de ti, esperando entres en razón; pues no hay otra cosa más importante que regreses a tus actividades normales (las no tan normales pueden seguir durmiendo).

Tuya siempre,
La vecina.

PD. No importa sino venís conmigo. Este viaje es mejor hacerlo solo. Yo te voy a recordar todos los días. Por que yo no te voy a olvidar.

martes, 27 de julio de 2010

¿Qué demonios...?

Vale, pues ya no he reportado mucho ultimamente. Sucede que entre las emociones y otras cosas me vi muy ocupada.

El incidente más notorio fue la visita de mi primo sobrino. Justo en el día en que me quiero sentir más joven llega un niño que grita a toda su agudísima voz "¡¡¡Tía allizzia!!!".

Pero eso no es lo mása cruel, creo. Lo más cruel es que odio a los niños y ese niño me reafirmó mis ganas de no tener un hijo. JAMÁS. Era un nene tan... ¡MALCRIADO! (oh, flashback). Bueno, es que quería ABSOLUTAMENTE TODO lo que se le ocurría. Incluso si era un estúpido pegaso. No está mal pedir cuando se tiene, no sé, carisma. Ternura. Pero ese escuincle era el demonio. No, incluso el demonio es más chido. Él era él, por que no hay maldad más pura. Cuando no le dabas lo que quería gritaba con un sonido tan agudo, que casi rompe las gruesas ventanas de casa.

Era tan rompebolas... Hijoefurcia, no lo puedo creer... Es que no me imaginé un niño así jamás. Uno de mis primos era medio enfadoso en ese aspecto, pero Dios mio, este niño rompió todas las expectativas.

Les aburro, ¿verdad? ¡Pues me vale madres!

Estoy escribiendo un cuento y pues, quizá luego les pase un trozo.

Y si me ayudan a escribir guiones les agradeceré mucho su ayuda.

Suya,
alice.

PD. ¡Vamos aborto! ¡Tú puedes!

jueves, 29 de abril de 2010

Debray

E. No te me quedes viendo, di algo. Que mal plan, we. Sí gracias, eso ayuda.

Bueno, ya, nada iba a ayudar. Está bien que L. no comprenda. Por que está tarada.

Es interesante como odio lo que estoy haciendo lo que alguna vez me hicieron.

Como quitarle a la luz a quien parece que no le tiene derecho.

Claro que ninguno de nosotros fue militar.

Quizá el otro, pero estoy segura de que yo no. O en algún futuro.

Letras. Abejas. Elvis Presley. Jamás volver a escuchar eso.

¿Por qué?

Ya vez por que no quería. Quizá ahora comprendas. No, nel, tu no comprendes.

Yo tampoco. Ya no. Ya no quiero hacer nada.

Con un carajo, que me estoy volviendo loca.

Ya, debería ser todo. Pero no lo es, nunca lo es.

...

¿Allizzia, te sientes bien?

No. No me siento bien. Pero ya se pasará. Siempre lo hace.

domingo, 14 de marzo de 2010

This is not a love story.

Ambos miraban la soledad del lugar, con miedo en los ojos pero con decisión. Sabían que era el momento en que todo caía en su lugar. El miedo, insignificante, les llenó los estómagos. Se tomaron de las manos sin siquiera pensarlo, y se impulsaron mutuamente a lo que sería su futuro.

Yo les avisé. Lo juro.

Ella era una artista con la mirada perdida, el corazón triste y el amor perdido. Él era un comerciante, que había perdido el semblante a golpes de corazón. Se habían conocido desde jóvenes, cuando ambos estudiaban. No tardaron mucho en saber sobre ellos, ella había vivido toda su vida con sus tíos, él con sus padres y hermana. El nombre de ella, como de telenovela, era Isabella. El de él, como su abuelo, Emilio. Isabella, conociendo a Emilio con tan solo un vistazo a su mirada, sabía siempre lo que sentía, le ayudaba, le consolaba. Para Emilio, Isabella era un misterio. Poco a poco, después de adivinar casi todo de él, calificó a Isabella como imposible, una mujer como pocas, sentimientos pequeños o nulos y una persona que veía la verdadera realidad.
Aún así, Isabella era una mujer sonriente, independiente, decidida y cariñosa. Cuando Emilio volvía de nuevo con una de sus decepciones sentimentales, ella le recordaba que un error no se comete dos veces. Y cuando cada vez, menos decidido, Emilio volvía a salir adelante; Isabella se preguntaba si estaba haciendo bien o mal.
Nunca nadie pensó que un par así se llevara perfectamente. Ambos siempre tuvieron gustos diferentes. Se encontraron a sí mismos solamente encerrados en un libro favorito que tenían en común. Tenían trabajos diferentes. Él se dedicaba a convencer personas, ella a moldear sentimientos que no encontraba, ni sabía que tenía.
Ambos se guardaban todos lo que sentían bajo su trabajo, del cual, si bien tenían talento, no tenían interés.

Decepciones más tarde, con solo una mirada a los ojos de ambos, supieron que lo que necesitaban hacer era escapar. No necesitaron palabras para empacar, ni para huir.

Huyeron del miedo a lo conocido, para conocer el miedo a lo desconocido. Tomados del brazo, encontraron por azar el lugar donde habrían de vivir. Rentaron una casa y decidieron olvidar quienes habían sido hasta ese momento.
El secreto entre ellos dos.

Emilio llevaba media hora esperando en la entrada de su nueva casa cuando pudo avistar el reflejo blanco dando la vuelta en la esquina. Isabella manejaba la camioneta rentada para la mudanza. Cuando se detuvo y bajó, Emilio no tuvo de otra más que reírse. Hacía tanto que no lo hacía de tan buena gana, que los músculos de la cara protestaron. Isabella usaba un pantalón ceñido de mezclilla deslavada, una playera de franela roja, y un pañuelo en la cabeza; muy al estilo de mudanza americana. Cerró con un portazo la camioneta, y se dirigió a abrir las puertas de atrás, para liberar sus muebles. Emilio se adelantó para comenzar a sacar las cajas.

- ¿Y qué mosca te ha picado a ti?
Emilio estaba apilando algunas cajas, tanto en el piso como en la camioneta, unas sobre otras; Isabella lo ignoró, haciendo lo mismo con las cajas.

- ¿Y has estado aquí todo el mañana, parado como pasmarote?
- Vine a recibir la llave.
Le contestó con tono de herido, el cual arruinó, por que sonreía para sí mismo. Tomó un par de cajas y caminó hacia la puerta de la casa.
Isabella se tiró de espaldas en el pasto del jardín, y cuando Emilio salió, le miró interrogativamente desde arriba.

- Es que manejar cansa.
- Sueñas que yo voy a bajar todo eso. Párate.
Y la movió con un puntapié en las costillas. Isabella se quejó levemente, y se levantó.

- Eres un brusco.
Pero la casa estuvo arreglada en poco menos de un día. En medio de la noche, se sentaron en la sala diminuta a mirar alrededor. Estaba más sucio y vacío que sus almas. Sintieron que un peso les caía encima. ¿Qué se debía hacer luego?

Emilio abrió la puerta y miró a su alrededor. Se sentía incómodo e inapropiado en su nueva casa. Como si estuviera demás ahí. Isabella pasó blandiendo trapos y detergentes en la mano.

- ¿Qué te sucede? Llevas limpiando por cuatro días. Ya es suficiente.
- Nunca lo es –le contestó con una sonrisa, pero sin mirarle.
- No tienes nada que hacer ¿verdad?
Isabella le dirigió una mueca y se trepó en un sillón para limpiar los cortineros.
- Bueno, ya. ¿Dónde habías estado tú, señor ocupado?
- Conseguí trabajo.
- Creí que ya no necesitabas trabajo.
Emilio recordó lo que había pasado en su antiguo trabajo. El hospital, la aseguradora… el accidente. Sacudió las imágenes de ese momento.
Quiso quedarse callado por mucho tiempo, pero Isabella le miraba expectante y el silencio era atenuante.
- Para tener algo por qué levantarme por las mañanas. Que no sea limpiar.
- Cállate. El lugar ya se ve habitable gracias a mi.
- Si, se mira habitable y huele a lejía.
Isabella le atestó un golpe en las costillas. En verdad no tenía nada que hacer. Extrañaba los días en que tenía un trabajo, en que iba a la escuela solo para pintar o moldear. Cuando recibía encargos para adornar oficinas, restaurantes, cafés o lugares públicos “culturales”. Volteó a ver su reconocimiento en una mesita de madera; aquel que le habían dado gracias a sus esculturas en el edificio municipal nuevo.
Cuando ambos se sentaron a comer, se sintieron más solos que nunca.
- ¿Y de qué es el trabajo?
- En una farmacéutica. Vendo medicinas a los consultorios.
- ¿Y qué voy a hacer yo sola aquí, entonces?
Emilio lo pensó muy bien. Él estaba comprometido a dejar de trabajar, pero necesitaba trabajar para dejar de recordar. No sabía que decirle a Isabella, que estaba claramente molesta.
Isabella se acercó a él con todo y silla, y se recostó en su pecho. Cerró los ojos. Emilio la abrazó, sintiéndole frágil y pequeñita en sus brazos. Él no sabía que para ella, esto también se suponía terapéutico.

- ¡Isabella! – Le llamó Emilio cuando llegó.
Su trabajo era corto de suma facilidad. Era lo que más se le daba; fingir que todo era perfecto. Pero ella no estaba en la sala, donde siempre solía encontrarla. Subió al segundo piso, llamándola. Abrió la puerta del dormitorio vacío y se recargó en el marco de la ventana por un rato.
- Me imaginaba que escondías algo. Pero supongo que me lo merecía.
- Yo también necesito hacer algo. Y yo no sé hacer nada más. Tu compañía te habrá mandado al cuerno, pero yo no tengo compañía.
- ¿Cuánto lleva esto aquí? – preguntó Emilio, gesturizando hacia la pintura.
- Desde el día que te fuiste a buscar trabajo. Así que enójate. Ambos rompimos la promesa; ambos trabajamos, pero yo no trabajo para nadie.
No fue que eso le doliera pero a Emilio le molestó que ella también le hubiera hecho eso. Salió por un momento a tirar el saco, la corbata y el portafolio. Luego entró gritando violentamente.
- ¡Párate! ¡Sal!
El cambio asustó a Isabella por un momento. Emilio la tomó del brazo violentamente y la sacó a la fuerza. La arrastró por las escaleras, abrió la puerta del frente y la tiró en el patio.
- ¿¡Qué carajo te sucede?!
- ¿Hace cuánto que llevas ahí encerrada? Te ves blanca, te hace falta sol.- Le contestó cínicamente, con una sonrisa burlona en la cara. Isabella se quejó y se puso de pie. Luego corrió hacia la puerta. Emilio la detuvo con un solo brazo. – Y ni te atrevas a entrar de regreso.
La tomó en vilo de nuevo, y la tiró de espaldas en el pasto. Ella se retorcía intentando escapar; pero él era más fuerte y la retenía en el piso. En algún momento dejó de luchar para aventarle una colección de insultos. Luego su vista se desvió en otro tipo de mirada. Emilio la siguió. Una vecina les miraba con cara de preocupación. Eso debía ser algo que no veía todos los días. Él se levantó y levantó a Isabella. Ambos se sacudieron mientras miraban a la apenada vecina, que sabía que había sido descubierta y no encontraba donde esconderse. Isabella se sonrojó, Emilio le tomó de la mano y caminó hacia la mujer. Isabella, aunque incómoda, decidió seguirle el juego.
- Disculpe, no nos habíamos presentado. Yo soy Emilio, y ella es Isabella. Nos acabamos de mudar al 56, aquí a dos casas.
- Ah. Yo soy la Mireya. Vivo aquí con mi hijos desde hace 5 años que me casé. Disculpen, no quería importunarles.
- No se preocupe, íbamos de salida de todos modos. Mucho gusto en conocerla, Señora Mireya.
- Llámeme Mireya solamente, mucho gusto. Con su permiso…
Y así huyó la primera persona que habían conocido en todo el lugar, por primera vez.
- Entonces, ¿íbamos de salida a dónde?
- Pues a comer. Y a que te dé el sol. No es broma, estás transparente, como papel de arroz.
Pasaron a comprar algo a un local, y comieron sentados en una banca de un parque deportivo que encontraron al final de la calle donde vivían.
- ¿Y cómo te va en el trabajo?
- Bien. Me pagan por convencer a los médicos que unas píldoras les va a curar la soledad. ¿A ti?
- Yo no trabajo. Pero bien.
- Yo no me voy a enojar por que pintes. Haz lo que se te venga en gana. Yo no estoy para decirte que hacer y que no.
- Lo que pasa es que ya no sé que pintar. Pero te voy a tomar la palabra.

Isabella abrió la puerta renegando, por que seguramente él habría olvidado algo del portafolio. Pero cuando abrió la puerta, quien le esperaba era Mireya, con un plato de algún revoltijo de algo. Tenía cara de arrepentimiento. Isabella le dirigió su mejor sonrisa.
- Eh, buenos días.
- Mire, yo la verdad vengo a disculparme por lo de ayer. Es que no habíamos tenido nuevos vecinos hace mucho, y cuando ayer salieron así… Pues para lo que guste, en el 64 tiene su casa.
- Muchas gracias, Mireya. Ándele, entre.
La señora entró dudosa al lugar, y vio con asombro adentro. Isabella llevó el traste a la cocina. Mireya miró a todos lados.
- Se instalaron sin problemas, ya veo.
- Sí, pues no teníamos mucho que hacer más que desempacar y acomodar.
- Ah, yo supuse que con el trabajo…
- Se suponía que no íbamos a tener trabajo, pero ahora resulta que si. Pero la primera semana, no teníamos nada que hacer.
- Pensé que la mudanza se debía al trabajo de su esposo.
- ¿Mi esposo? No, se equivoca usted.
A Isabella no se le hubiese ocurrido que las personas pensaran eso. Pero tenía sentido, eran una pareja mudándose.
- Nosotros somos amigos. Hemos sido amigos desde hace mucho tiempo, y decidimos que era tiempo de un cambio. Vinimos juntos para apoyo moral mutuo.
Pero Mireya no pareció tragarlo. Le miró con desconfianza. Al final terminaron platicando sobre otras cosas, y ambas, ganando una amiga. Mireya tenía dos hijos:
- Una niña que acaba de entrar a la escuela, y un chiquito.
Le había dicho ella. Isabella le platicó lo que ella hacía, de cuando enseñaba artes plásticas en un colegio, y Mireya le platicó que su esposo era maestro en la secundaria de ahí cercas. Cuando Isabella levantó el brazo en manierismo, Mireya pudo ver marcas. Isabella se descubrió los moretones del día anterior. Golpes interrumpieron. La hija de Mireya entró corriendo en la casa.
- Debería irme, ya es tarde. Mi esposo no tarda en llegar.
Isabella se despidió y le agradeció. Miró su brazo una vez más.

Cuando Emilio llegó, Isabella ya tenía lista la cena, acomodada la mesa, y los platos puestos. Emilio miró las escaleras tentativamente pero luego se decidió a sentarse.
- Llegas tarde. Hueles a alcohol y no me invitaste.
Pero él no contestó. No tenía ni las ganas ni el humor. No había ido a trabajar. Había pasado la mayor parte del tiempo manejando y dando vueltas. Fue al parque, caminó por las calles y finalmente se detuvo en un bar de mala facha. No hacía falta ser un genio para entender que era enfermedad de la memoria, y rotura del alma. Ella era mucho más que un genio de todos modos, y conocía a Emilio demasiado. Le trató entonces como si nada pasara, aunque el día tampoco le había hecho muy feliz a ella.
- Mejor me retiro a dormir. Estoy cansado.
- Mejor comes, por que vas a ver la que te armo si te atreves a seguir de mala copa.
- Isa, por favor.
Pero Isabella le aventó la comida enfrente y se dispuso a comer. Sin discusiones. Emilio revolvió el plato con mala gana y se fue en cuanto pudo. Tomó una botella de vino de la cocina, y se encerró en su cuarto. Pasó la noche sentado en una esquina, bebiendo y llorando como niño. El alcohol le impidió intuir que Isabella le vigilaba desde afuera, le escuchaba, y cuando por fin le durmió la bebida, no sintió cuando le arropó.
El día siguiente, poco después de salir el sol, Isabella entró saltando, canturreando e irradiando felicidad al cuarto. Abrió las cortinas y deseó buenos días a la criatura que le miraba desde el piso con los ojos inyectados en sangre.
Ella le tomó del brazo, le condujo al baño, y abrió la regadera. Le pasó ropas limpias y cuando Emilio salió, se encontró la cama tendida y olor a limpio.
- Rápido, que ya nos vamos.
- Tienes que conseguirte algo más que hacer, para eliminar esa mañana tuya de limpiar todo lo que puedo ser desinfectado.
Ella le respondió con una sonrisa enigmática y le jaló del brazo. Caminaron un buen rato, y al final comieron en un cenadorcito donde entraba toda la luz matinal y que Emilio comenzaba a odiar.
La tarde la caminaron por la Alameda. Emilio no había dicho más de diez palabras en todo el día. Así que cuando Isabella cerró la boca en un final inesperado, un silencio robó el viento.
- ¿Ya? ¿Es todo lo que vas a decir?
- Ya se me quitaron las ganas de hablar. Habla tú si quieres. Yo voy a ver las nubes.
Emilio entonces miró las nubes también. Y así se quedaron ambos por un momento hasta que ella miró el piso. Él, intrigado, la miró por un momento.
- Deberías conseguirte a alguien más, ¿sabes? Dejarte salir de tu propio encierro.
- Creí que ya no ibas a hablar.
- Creí que prometiste olvidar.
- No es tan fácil…
- Ya sé que no.
- Tú no sabes.
El comentario de él había herido mucho más de lo que habría creído. Isabella había tenido un largo historial de sentir algo que no era, o simplemente no sentir. Hasta la fecha no recordaba lo que era querer y había dejado de interesarle desde hace mucho tiempo.
Pero nunca se imaginó lo que tanto silencio y excesivo tiempo libre le iba a causar recordar.
Ambos se marcharon cabizbajos, él a encerrarse de nuevo y ella a su improvisado taller.

Al siguiente día, él se levantó temprano para irse al trabajo. Se asomó al cuarto de ella, que estaba vacío. Isabella se había quedado dormida en el taller. Emilio salió sigiloso. Cuando regresó, Isabella se había ido. La casa estaba vacía y sus llamadas se hundieron en el sonido de la lluvia.
Cuando regresó tres horas después, Isabella estaba empapada hasta los huesos.
- ¡Isabella!
Exclamó Emilio, que corrió a buscar una toalla. Tomó la más grande y regresó para envolverla. Ella temblaba tanto que no podía decir nada, él tampoco le quiso preguntar. Después de intentar secarla, la tomó en brazos y la llevó hacia la cama. Le quitó la ropa y la envolvió en las cobijas de su cama. Al final, la abrazó. Ella estaba helada. Isabella se acurrucó entre los brazos de Emilio, y, jadeante, explicó:
- Yo quise quererle, Emilio. De verdad. Pero me faltaron fuerzas.
Emilio la calló en un susurro. Le dijo que él sabía que lo había querido, pero a su manera. Le juró que todo iba a estar bien. Él estaba seguro de que Isabella no había comido en todo el día. Así que cuando ella por fin cerró los ojos por debilidad, el bajó a calentar sopa. Así le encontró ella cuando bajó sin ropa envuelta en sábanas y cobertores. Se sentó en la mesa, y él le sirvió un tazón.
- Perdón.
Se dijeron ambos. Y luego sus miradas penetraron una en la otra, bastando para saber que ambos tenían veneno en la garganta, y dañado el corazón.

Emilio se estacionó frente a la casa, donde había una mesa, tres sillas, e Isabella frente a dos niños pequeños. Se le acercó a Isabella para murmurarle en el oído.
- ¿Qué rayos?
- Enseño a pintar a la hija y sobrino de Mireya. Con la visita se vuelve loca, y le entretengo a los niños un rato.
- ¿Por qué no están en la escuela?
- Llevamos 5 meses aquí. Es verano. Cómprate un calendario.
Ella siguió hablando con los niños, cuyos lienzos tenían menos pintura que sus caritas. Ignoró a Emilio. Él entró a la clase y salió con una silla.
- Pues entonces dame clases a mi.
Entonces se inclinó sobre la mesa, cogió papeles y pinceles y mojó en pintura roja uno de ellos.
- ¡Así no, Emilio! Menos pintura y más amor, que masacras al pincel. ¿Qué te planeas pintar?
- Yo que sé. Una manzana.
- Entonces ese rojo no. Necesitas uno más oscuro, y amarillo y café.
- ¿Y verde?
- ¿Para qué quieres verde con una manzana?
- Pues para dibujarle una hojita.
- ¿Cuándo has visto una manzana real con hojitas?
- Bueno, para el gusanito.
- Eres peor que las niñas.
Un rato y dos manchones rojos después, Emilio decidió retirarse a comprar algo para comer. Isabella mandó a los dos niños a lavarse, para que Mireya no tuviera un colapso nervioso. Comenzó a recoger las cosas y limpiar un poco. Mireya se acercó.
- Los niños están en el baño. ¿Y la cuñada?
- Que se quede con su hermano, que ya me tiene hasta la coronilla.
- Pues creo que ya se aburrió por que ahí viene.
Una señora, alta y delgadísima, se les acercó.
- Usted debe ser la hermana del esposo de Mireya. Mucho gusto Señora…
- María. Tú eres la nueva vecina. La que pinta, según Mireya.
- Ya no pinto. Pero sí, la nueva vecina.
- Te ves joven, ¿vives sola?
- No. Vivo con Emilio. Un amigo.
- ¿Un amigo? No lo creo. Una señorita no debe vivir sola así, con un hombre.
Pero la señora se vio distraída con los niños que salieron volando, con las manos y la cara limpia, pero la ropa hecha un arco iris.
- Un amor, su cuñada.
- Déjela, es una megalomaniaca, tiene aires de realeza. Pero en una cosa tiene razón, Isa. No es normal que señoritas como tú tengan hombres como inquilinos. Ya sé que son muy conocidos y todo, pero ya vez como son los hombres, Isabella.
- Ya sé lo que piensan, Mireya. Pero Emilio es un hombre roto, yo lo conozco.
- No dije que estuviera mal, solo que no es normal. ¿Oyes? Creo que el niño está llorando. El niño consentido de mi sobrino se trepa a su cuna. Gracias por cuidar a los niños.
- Cuando quieras. No tengo nada más que hacer.
Y Mireya se fue corriendo. Isabella puso todas las cosas en una bolsa y las metió a la casa. Las puso en la sala. Emilio entró después.
- ¿Ya no hay niños?
Isabella no contestó.
- Entonces a comer pues. He traído unos panes que según el de la tienda, son hechos por el mismísimo Jesús.
Isabella siguió sin contestar, poniendo la mesa.
- Háblame mujer, para saber si no te has quedado muda de la fiebre que te dio hace días.
- ¿Ahora eres tú el único que se puede poner melancólico?
Así le contestó ella, con rabia y resignación en su voz. Pocas y contadas eran las veces en que hubiese hecho estas escenas, y aún más pocas las que Emilio había podido presenciar. No era agradable. Ella le miró con ojos velados de la madurez que él no tenía. Luego le dio la espalda de nuevo. Terminaron de comer en silencio, ella mirando el plato, y él fingiendo mirarlo también, pero lanzándole vistazos de reojo. Al final, ella se levantó rápidamente e intentó huir por la puerta del frente. Emilio la tomó de un brazo.
- No me toques. ¡Déjame!
Pero Emilio la ignoró, y la encerró entre sus brazos. Isabella luchó en vano. Luego volteó a verle.
- Déjame. ¡Déjame! ¡Yo no puedo huir de lo que me persigue como tú lo has hecho! Y si pudiera, tampoco lo haría…
Emilio la miró herido. Pero la cara de Isabella estaba decidida, y se sacudió los brazos de Emilio. Pero él siguió tomándola del brazo.
- Por favor, Isabella. Razona…
- Suéltame.
- Quédate. Vamos a hablar.
- ¡Suéltame! ¿O qué? ¿Buscas volverme a marcar la mano en el brazo? - Las palabras quemaron. Incluso a la propia Isabella. Emilio le soltó. - ¿No te basta con ser un hipócrita?
Emilio actuó bajo instinto. Su orgullo estaba herido, y le ardían las entrañas por dentro. Esas palabras varias veces las había escuchado. Levantó su mano y la abofeteó. Ella le miró por un segundo, y subió. Se escuchó un portazo. Él no creía lo que acababa de hacer.

Ya casi llevaba un día dentro, y no había logrado hacerla salir. Emilio lloraba suplicante en la puerta.
- Isabella, perdóname, por favor…
Horas más, estuvo rogando él. Pero ella jamás cedió. Al final, decidió ir por algo de comida, y quizás el olor la invitaría. Cuando Emilio consideró demasiado tiempo, comenzó a asustarse. Otras horas más tarde, decidió forzar la puerta. Lo había aprendido hacía varios años, y un alambre después, abrió la puerta y corrió dentro. Isabella estaba de espaldas hacia la puerta. Él la abrazó, y la tocó revisándola, mientras lloraba. Ella desviaba la vista.
- Isabella, perdón. Isabella, mírame, perdóname. Isabella, por favor, mírame.
Pero los susurros de Emilio eran insuficientes.
- Suéltame. Por favor.
Fueron las únicas palabras que salieron de sus labios. Emilio sabía que lo merecía. Pero no iba a dejar de intentar. La volvió a tomar entre sus brazos, y a besarle la mejilla y la frente. Isabella intentó alejarlo con golpes. Por momentos ninguno estaba dentro de si. Ya no sabían que sentían, ni que querían, ni quienes eran. Se buscaron la piel, la cara, los labios. El tiempo perdió su significado. Ellos perdieron el nombre y la respiración. Se probaron cada parte del cuerpo. Se mordieron los labios, las ansias y el ser completo. Se entregaron con rabia, con arrebato y con coraje al mundo. Al final se quedaron dormidos, olvidando que había un universo alrededor.
Cuando Emilio despertó, Isabella estaba sentada, dándole la espalda.
- ¿Qué estamos haciendo Emilio?
Pero a Emilio le faltaron voz y palabras para responderle. No sabía ni que decir ni como proceder. Se quedó acostado, mirándola, como si las palabras fuesen a aparecer en el aire como traídas por el viento. Isabella le comprendió.
- ¿Qué estamos haciendo, Emilio?
Le preguntó de nuevo, esta vez con odio en sus palabras. Emilio escondió su mirada en el infinito. Isabella volteó a verle, con los ojos de piedra, sin emociones, que todos le habían conocido. Le miró como se mira a un espejo roto. Emilio le correspondió la mirada entonces. Ninguno de los dos tenía idea de lo que había hecho, ni pretendía encontrar la razón. Isabella se levantó y se fue. Ambos se vistieron y se encontraron para comer. Ninguno se atrevió a hablar ni a mirarse.
Cuando terminaron, no supieron que hacer. Se quedaron inmóviles. Se vieron finalmente. Ella habló finalmente.
- Lo que pasó. Eso no significa a nada. Tú la amas a ella.
Isabella habló con frialdad. Emilio abrió la boca para decir que no era cierto. Pero ambos sabían que él deseaba que las caricias de anoche vinieran de otra persona. Para cuando él quiso mentir, le faltaron fuerzas. Miró la mesa, sabiendo lo que Isabella pensaba. Ella estiró la mano por encima de la mesa, le tomó la cara y le levantó la mirada.
- Ni te arrepientas.
- Pero, Isabel… ¿Tú…?
Las palabras se le perdieron. Emilio no tenía idea de nada.
- ¿Yo? Yo no amo, Emilio.
Isabella se levantó, esbozó media sonrisa, besó la frente de él y salió. Volvía a ser la misma de antes.

Bueno, muchachos, mis lectores inexistentes, esta entrada es mi entrada #100.

La historia es un regalo a todos ustedes.
Disculpen los errores, el copypaste no se me da.
Así que, gracias a todos.

PD. Me encantó mi historia, está larguísima, no me importa.


martes, 2 de marzo de 2010

Give me all your poison, give me all your pills, then fire at will.

I wear this on my sleeve.

Tengo muchas preguntas existenciales. Son importantes, por que gracias a ellas indagamos. Y gracias a indagar, pueden llegarles mis letras.
Hoy vi una pelicula muy existencialista: podíamos extraernos las almas, observarlas, congelarlas y guardarlas.

El alma del personaje, tenía forma de un garbanzo.

Ahora pregúntense, ¿Qué forma tiene mi alma?

Yo esperaba que la mía fuera como una tirita delgada de algún metal brillante, larga y retorcida. Suave a la vista, fría al tacto.

Había un alma con la forma de un dulcecito.

¿Era una metáfora? ¿O sólo para enseñar que las cosas no son como parecen?

Quizá la segunda. No lo sé. Supongo que mi alma entonces sería un arcoiris de humo.

En fin, podríamos estar miles de horas decidiendo de qué forma es el alma de las personas. Pero no tenemos el tiempo ni las ganas. Al menos, yo no.

Lo siguiente en la lista es preguntarnos si estariamos dispuestos a vivir sin alma. En la pelicula, no te quitaban TODA el alma. El personaje se deshacía de un 95% de su alma. Se decía que del 5% del alma podía crearse una nueva.

Eso estaría chido, ¿no? Puedes deshacerte de tu antiguo yo, y crear un nuevo yo a partir de tu antiguo yo. Con tu misma esencia, pero 95% diferente. Me agradaría. Podría mudarme, iniciar una nueva vida, tomar otro trabajo, estudiar, cambiar simplemente.

En la película había esto llamado la "mula". Eran las personas que se "rentaban" para traficar las almas. Pero, como no se iba el alma completa, formaban un alma de pedacitos de alma.

¿Suena tierno, no? Pues imaginense no ser. O ser otras personas. Ser nadie.

Tiernísimo.

Ahora sí, ¿Renunciarían a su alma?
¿Bajo que condiciones?
¿El alma de quién?

Siempre he pensado que el alma no se va completa. Más bien como si se partiera. Así, a lo Voldemort. Excepto que no es cuando matas a alguien, claro. Sino que cuando dejas entrar el alma de alguien más. Y viceversa. Pero no vuelve a salir. Es como crear una aleación de almas. Un trozo de una, y un trozo de la propia. Aquel se queda con el trozo de la propia, y la suya. Para siempre.

Igual, posiblemente estaría dispuesta a hacerlo.

Al final, alguien recuperaba su alma, y alguien la perdía.

¿Quién creen que fue feliz al final? Le doy una estrella dorada imaginaria a quien lo adivine.

Lo que nunca supe es por que las memorias de una persona llegaban ligeramente ligadas al alma. Niños, bebés, tristeza.

Jamás lo sabremos, el alma desapareció.

No es necesario decir lo tanto que me deprimió esta pelicula, ¿Querrían ustedes ver dentro de su alma?

La mía no debe tener luz. Y le tengo miedo a la oscuridad.

lunes, 11 de enero de 2010

Somos.

El otro día pasaba frente al espejo que tengo en el cuarto de al lado y me vi desaparecer. Apenas se vislumbraba el reflejo de una persona cansada, desconocida. Era casi transparente. "No te entiendo." Por que soy transparente, les quise contestar. No encontré mi voz.
Pura decadencia. No había muerto, lo sabía yo por que estaba allí. Cuando nos muramos, lo sabremos por que ya no estemos allí pero yo sí estaba. Juro que sí. Es la decadencia de la persona.
Atravesándo el teclado, me he decidido a vivir a través de los demás, de todos ustedes. Me alimentaré de sus almas para poder seguir flotando por el tiempo, el mundo, la vida y el movimiento.
Yo soy ustedes. Nosotros SomoS.

viernes, 8 de enero de 2010

"Mami tiene la culpa" según Nina K

Solo vine por que prometí escribir. En realidad no tengo todas las ganas del mundo. Estoy viendo mi pelicula favorita, y esoty esperando a mis primos favoritos y está mi tipo de clima favorito. No tengo de qué quejarme. Excepto que sí, mi madre y mi hermana me vuelven locas. ¿Ven qué tan loca? Me refiero a mi misma como varias personas locas, como si mis voces internas fueran personas separadas a mi.

En fin, empecemos con la lógica de la Dotora Nina K.

"Señora, ¿Hace cuánto se descalabró el niño?"

"Pos hace... media hora."

"¿Y qué hacía el niño despierto a las 12:30 de la noche?"

Yo siempre dormía a las 8 cuando era pequeña, a las 9 cuando era ligeramente grande, y a las 10 hasta hace poco. A las 11:30 allizzia no puede dejar su ojito abierto.
Entonces, la dotora Nina K, puede deducir que si la madre no puede callar y dormir a su hijo antes de las 10, es una mala madre. Lo cual resulta en que el niño salga lastimado, por que no le ponen atención. Más adelante en su vida en etapas difíciles, se volverá a la calle, fumará, beberá, irá a las drogas, robará y por eso México no progresa.
Según ella, la irresponsabilidad no tiene nada que ver con la edad. Hay mamás de catorce años [para las que probablemente YO ya me quedé pa' vestir santos] que me entregan a sus hijos tiesos a chille y chille, y yo digo que es su culpa por que ellas son las que se metieron en eso en primer lugar y deberían ser responsables.
Creí que lo de la irresponsabilidad y la edad era sarcasmo y luego agregó: nuestras madres eran adolescentes cuando nos tuvieron, tenían 20 años. Y eso no significó que fueran malas madres. Como su amiga, la Relamida, (le diremos así pues... los nombres se me olvidaron, sad for me) quien terminó embarazada y aunque no la apoyaron (me refiero a que casi la matan intentando un aborto forzado... no, ¿cómo creen? Era una broma, eso solo sucede en la ficción de escritores de poco pelo y las peliculas de mal gusto |) cuida mucho a su hija y jamás le ha pasado nada y sabe defender a la niña.... y....
Entonces me perdí... por que comencé a pensar en... bueno, no sé... Pero de aquí podemos derivar muchas cosas:

  • La edad fértil de la mujer es de los 19 a los 24. ¿No es calentura? Nope, preservación de la especie.
  • Si no me caso a los 23, me quedé muchachos,  me quedé.
  • Por el lado positivo, todavía me faltan 6 años pa' eso... ¿o siete? Fuck it, necesito clases de matemáticas.
  • Mi hermana es una mal ginecóloga, pero un típico pediatra. Jamás, repito, jamás se le acerquen si están "with child".
  • No seré madre. Jamás. Si depende de mi... JAMÁS!
  • Debo aprender a vivir de noche. Definitivamente.
  • Me duele la cabeza.
Bien, me largo por que voy a jugar con niños. I know, i'm creepie.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Tarde o temprano, a todos nos disparan.

Hoy ha llegado el día, y bien, que ya faltaba. Les presento a Moe.
No podemos dejarlo a hablar solo, pues es un bocafloja sin remedio, pero es una buena persona.

Se presenta escasamente en las inmediaciones de mi gran cabeza cuando decido olvidar algo. El desgraciado ha encontrado como colarse en esa parte de mi alma que guarda todo lo olvidado, y lo trae de regreso por un buen rato.

En pocas palabras, les presento a mi conciencia. Lo más fácil es golpearle en donde más le duele, sus propios recuerdos, para que se convenza que lo mejor es abandonar sus intentos de molestar.

Odia cuando rompe el hielo de mi cabeza. Realmente me cae como ácido en las vísceras.

Atte.
Moe.

PD. No debí haber leído Oliver Twist.
PD2. Por la grandísima furcia, que me duele la cabeza.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Alicia.

Mi llamo Alicia.
Soy la manager principal de la persona que se esconde bajo las letras leídas: Allizzia.
Controlo su presente, la mayoría de sus acciones y de sus razonamientos.
Es la médico que Allizzia lleva dentro. Manejo su memoria, su sed y su inteligencia.
Soy quien tiene la certeza de que dos más dos siempre, siempre será cuatro.

Existo desde que nació Allizzia, criando a una huérfana que quizá ustedes conozcan como Alice. A la pobre la dejaron en la puerta hace más de diez años; y yo, en mi infinita sabiduría, decidí educar para que fuera el genio que siempre han querido todos. Supongo que en algún momento la presioné tanto que comenzó a hacer preguntas de índole mayor a la científica. Se convirtió en una filósofa incomprensible, a quien los sentimientos le llamán más que a nada, a quien le gusta escribir más que a nada... No sé en qué me equivoqué con ella. Un error terrible.

... Bueno, no le digan nada, pero he llegado a encariñarme con ella. Por más que intente, no puedo llegar a odiarla. La quiero tanto. No puedo correrla, no puedo despedirla... no puedo dejarla ir. Se ha vuelto tanta parte de mi, como yo de ella.
A veces, olvido que debo dejarla fuera y llega a meterse en lugares que no le importan. Así ha guardado memorias dolorosas que dice, jamás deben olvidarse. Jamás le he visto el punto, me produce dolores de cabeza. Pero no puedo contradecirla. Esos recuerdos siguen ahí, punzando levemente de vez en cuando, lastimandome a mi y a Allizzia.

Todos sabemos que es culpa de Alice, y que por lo tanto, es culpa mía. Pero no importa. Por que yo la quiero mucho. Gracias a ella comprendí todo lo grandioso que una mente humana puede albergar. Y debo admitir que la mayoría de las veces -aunque es completamente absurda- tiene la razón.
Opina que las noticias le deprimen, por eso me obligó a dejar de verlas. No puedo creer que desde que comenzó a razonar, se ha vuelto cada vez más poderosa. Con cada cambio se hace más fuerte, e incluso supera mi propio miedo a los cambios.
A veces siento que es más lista que un político. Pero decide utilizar su pequeña inteligencia en crear mundos propios. Me gusta tanto que a veces le ayudo. Ha ganado amigos y enemigos con ellos. No creo que llegue lejos con ello. Ella sí, pero yo no. Ella cree que para crear poder, solo tienes que tratar de hacer creer a los demás que la imaginación es el poder para crear, para traspasar los limites y las fronteras. Tenía Allizzia diez años cuando supo que esa era su verdad. Desde entonces se ha ganado a muchas personas y perdido a muchas otras.
No le importa, en el fondo ella les quiere y es lo que le basta.
A veces me confunde tanto que me hace preguntar, y pensar en muchas cosas que no debería, y es cuando Moe entra en el juego.

Pero esa historia para otro día.

Mucho gusto en conocerlos, yo soy Alicia.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Alice.

Ola, muy buenas tardes.
Yo no soy real, pero existo. Vivo gracias a la locura de mi arrendadora Allizzia,
quien nos presta su cabeza a cambio de sabios consejos.
Me hago presente en forma de una voz, parecida a la de la propia Alicia pero con un acento digno de Mano de Topo... o de señorita de 30 años de la década de los 70's.
Bueno, quizá no lo pueda explicar.
Generalmente me llaman cuando Allizzia piensa cosas que realmente no importan y empieza a divagar.
Mi nombre, entonces, es Alice.
Excepto que cuando el divague, o la idea, comienza a solidificarse en una idea construible, no son solictados mi servicios más.

Entonces llega Alicia, otra voz. Pero ella hablará de sí misma en otra ocasión.

Yo, alice, suelo vivir de las bromas que solo puedo ver en mi frente, y risas que solo se escuchan en mis oídos. Oídos y frentes no propias, por que como ya mencioné, no soy real, existo gracias a Allizzia. Es obvio que me refiero a sus oídos y su frente. Me hago sentir a costa de las hormigas gigantes, de las barcas de soriana, de los taxistas coquetos con pili, con elvis y con las abejas llamadas cindy; entre muchísimas otras cosas.
Es necesario mencionar, que no tengo memoria propia, y que la arrendadora me ha prohibido tocar la de ella.
Aquí entre nos... De vez en cuando me escurro, cuando la arrendadora está distraida por que sonríe felizmente y enamorada, y guardo cosas valiosas en su memoria. A veces se da cuenta y se enoja conmigo y consigo misma por que yo ocupo parte de ella. A veces se da cuenta y se avergüenza de semejante tontería.
Entonces, cada vez que intento disculparme, me evita y se aleja galopando velozmente. Intenta no escucharme hasta que pretendo olvidar el asunto, como también lo pretende ella.
La quiero mucho pero a veces creo hacerle daño, con mis travesuras y mis sarcasmos.
Y dudo que pueda algún día deshacerse de mi. Pobre.

Att. Alice.